Hay árboles que pasan desapercibidos. Y hay otros que terminan acompañando una infancia entera.
En la historia de Yazuri Reynosa, el árbol de pichoco pertenece a la segunda categoría. No es solamente un árbol: es un lugar para jugar, un refugio donde observar el paso de las estaciones y un compañero silencioso que enseña, sin decir una sola palabra, que la naturaleza cambia todos los días.
Autora: Laura Soto
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Cuando le pregunté de dónde había nacido la historia de Dany, esperaba escuchar un recuerdo de su propia infancia.
Pero Yazuri me sorprendió.
“Hay una persona que se llama Daniel”, comenzó a contarme. “Ya es un adulto, pero sigue viendo las cosas pequeñas de la naturaleza como si fuera un niño.”
Le gusta detenerse a observar. Hacer preguntas. Encontrar belleza en aquello que otros pasan por alto.
Así nació Dany.
No como un retrato de una persona, sino como un recordatorio de que crecer no tiene por qué significar perder la capacidad de sorprenderse.
Después apareció el otro protagonista de la historia. El árbol de pichoco. “Siempre me llamó mucho la atención.” No era solamente un árbol bonito. Era un árbol que estaba presente.
Que acompañaba los juegos de la infancia. Que cambiaba a lo largo del año. Que ofrecía cosas distintas según la temporada. Y que, cuanto más tiempo pasabas con él, más cosas parecía revelar.
Quizá por eso, al leer Me trepo y me aviento, uno tiene la sensación de que el árbol también crece junto con Dany.
Los meses avanzan y ambos cambian. El árbol florece. Pierde sus hojas.Vuelve a llenarse de vida.
Mientras tanto, Dany gana confianza para acercarse, trepar sus ramas y descubrir que ese lugar tiene mucho más que ofrecer de lo que imaginaba al principio.
Le pregunté a Yazuri por qué había decidido mostrar con tanto detalle el paso de las estaciones.
Su respuesta fue sencilla. “Quería que los niños vieran que un árbol nunca está igual.”
Y, de pronto, comprendí que el libro nunca había tratado solamente de un árbol.
Había tratado de aprender a observar.

Porque cuando uno mira con atención, descubre que un mismo árbol puede alimentar a las personas con sus flores, convertirse en refugio para aves e insectos, proporcionar la madera para elaborar máscaras tradicionales y, al mismo tiempo, ser el escenario perfecto para una tarde de juegos.
Lo que parece un solo árbol termina siendo muchos árboles al mismo tiempo. Depende únicamente de quién lo mire.
Durante nuestra conversación, Yazuri nunca utilizó palabras como biodiversidad, conservación o servicios ecosistémicos.
No las necesitó.
Todo eso ya estaba presente en la historia. Pero contado desde la experiencia de un niño.
Y quizá ahí reside una de las mayores fortalezas del libro. No intenta enseñar por medio de definiciones.
Invita a descubrir. A mirar. A hacer preguntas.
Mientras hablábamos, pensé en cuántas veces los adultos explicamos a los niños por qué deben cuidar la naturaleza. Les hablamos del cambio climático, de los ecosistemas o de la importancia de los árboles.
Pero pocas veces les damos tiempo para construir una relación con ellos. Para Yazuri, el camino parece ser justamente el contrario. Primero viene el vínculo. Después llega el cuidado.
“Quiero que disfruten el libro”, me dijo. “Que sigan siendo niños.”
No esperaba que respondiera eso. Pensé que hablaríamos de educación ambiental o de los mensajes que quería transmitir. En cambio, habló del derecho a jugar. Y cuanto más lo pensaba, más sentido tenía. Porque nadie protege aquello que nunca llegó a conocer.
Un niño que trepa un árbol, que observa cómo florece, que descubre que puede comer sus flores o que encuentra animales viviendo entre sus ramas, probablemente no necesitará que alguien le explique por qué vale la pena conservarlo.
Ya habrá construido una relación con él.
Hacia el final de nuestra conversación hablamos también del papel de las mujeres en su comunidad. Yazuri explicó que gran parte del conocimiento sigue transmitiéndose en los espacios cotidianos. Mientras las mujeres salen a recolectar plantas, preparan los alimentos o realizan distintas actividades junto con los niños, las conversaciones se convierten en momentos de aprendizaje. Los conocimientos viajan de una generación a otra sin necesidad de una escuela o un libro; forman parte de la vida diaria.
Tal vez por eso le emocionaba tanto formar parte de esta colección escrita exclusivamente por mujeres indígenas.
“Nunca imaginé que podríamos compartir nuestra forma de ver el mundo de esta manera.”

Sus palabras me hicieron pensar que, en realidad, estos libros hacen mucho más que contar historias. Abren una ventana hacia otras maneras de crecer.
Hacia infancias donde la naturaleza no es un paisaje que se observa desde lejos, sino un espacio donde se juega, se aprende y se construyen los primeros recuerdos.
Al despedirnos, seguí pensando en el árbol de pichoco.
En cómo había logrado convertirse en el verdadero protagonista de nuestra conversación.
Y entendí que quizá ese era el mayor logro de Me trepo y me aviento. Recordarnos que un árbol puede ser mucho más que un árbol. Puede ser un compañero de juegos. Un maestro paciente. Un refugio. Y el lugar donde comienza una relación con la naturaleza que puede acompañarnos durante toda la vida.
Lee el libro aquí y mira la animación:
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