Durante años, se creyó que el liderazgo era, sobre todo, una cuestión de técnica: modelos mentales, metodologías y procesos. Pero al acompañar de cerca a las comunidades del bosque, Meli aprendió que existe otra dimensión del liderazgo. Mucho más antigua, mucho más profunda. Una que rara vez aparece en las escuelas de gestión, en los MBAs o en los programas ejecutivos.Esa dimensión es la vida.
Autora: Ivi Pauli
Read in English. Leia em Português.
Y quienes nos enseñaron esto fueron los pueblos que aún viven conectados a ella. Entre agosto y noviembre de 2025, reunimos a líderes de Brasil, México, Ecuador, Filipinas, Perú, Bolivia y Colombia para una serie de conversaciones trilingües, como parte de las actividades de nuestro Think Tank.
Esta actividad se realizó en alianza con la investigadora Julia Martins Rodrigues, del Media Economies Design Lab de la Universidad de Colorado en Boulder (EE. UU.), y con Vivianna Rodriguez Carreon, investigadora de la Universidad de Sídney (Australia).
La idea era simple y poderosa: preguntar a los pueblos del bosque, que hasta hoy mantienen su vínculo con la naturaleza, cómo entienden y ejercen el liderazgo en un mundo vivo.
Comenzamos compartiendo las palabras de Antônio, un líder del Alto Solimões, quien dijo algo que se convertiría en el eje de toda esta reflexión:
“El bosque siempre es una sorpresa.
Incluso cuando lo conoces, cada vez que entras, te sorprende.”
Y ahí nos dimos cuenta: quizá lo que rompió nuestro liderazgo moderno fue justamente el pensamiento contrario. La necesidad de controlar todo, prever todo, dominar todo. Cuando perdimos la capacidad de convivir con lo imprevisible, comenzamos a desconfiar de la vida. Y al desconfiar de la vida, empezamos a sustituirla por sistemas artificiales —económicos, políticos o institucionales— que intentan imponer orden donde antes había relación.
Esta desconexión generó la realidad que hoy llamamos policrisis. Pero entre los líderes de los pueblos del bosque, esa relación permanece viva.
A pesar de provenir de países distintos, con historias distintas y en biomas diferentes, en todas las conversaciones surgió un principio común: el liderazgo comienza escuchando a la naturaleza.
La cacica Joana contó cómo, en el bosque, los animales anuncian el amanecer. El silencio absoluto del mediodía es tan preciso como un reloj. Las y los líderes nos dijeron que el propio bosque orienta su tiempo, sus pasos, su ritmo. Y que las aves cambian de comportamiento antes de las lluvias fuertes.
En Filipinas, líderes comunitarios logran prever desastres ecológicos observando únicamente el comportamiento de los animales, muchas veces con mayor precisión que los instrumentos tecnológicos. En comunidades de Ecuador, Perú y Bolivia, las decisiones siguen siendo guiadas por la Pachamama y el Taita Inti: la Madre Tierra y el Padre Sol. En México, las comunidades tradicionales aún observan los vientos, las aguas y las semillas, y con base en ello deciden cuándo y cómo actuar.
Para los pueblos del bosque, el liderazgo no comienza con una persona. Comienza con el mundo vivo, del cual el ser humano forma parte, al igual que cualquier otra especie o elemento. Escuchar a ese mundo es un acto de profunda responsabilidad, no de romanticismo.
Esta percepción resonó profundamente cuando Vivianna, investigadora peruana que vive en Australia, nos compartió la perspectiva de los Objetivos de Desarrollo Interno: antes de liderar proyectos, cambios o personas, necesitamos liderar nuestro propio estado interno. Emociones, claridad, conciencia. Todo esto influye en cómo percibimos y tomamos decisiones.
Lo más hermoso es que esta idea, vista fuera de estos contextos como una gran novedad, es simplemente lo que los pueblos del bosque siempre han hecho: alinear lo interno con lo externo antes de actuar.
Cuando avanzamos hacia las historias personales, surgieron narrativas que rompen muchos de los paradigmas que la sociedad moderna da por sentados.
Rômulo, del pueblo Omágua-Kambeba, contó que en su familia quienes tomaban las decisiones eran las mujeres: madres, abuelas, matriarcas. El liderazgo en los hogares era ejercido por ellas, mientras que los hombres se encargaban de la protección, la alimentación y la relación con el bosque y el mundo exterior. Orlando, del pueblo Cubeo de Colombia, confirmó que creció en una estructura muy similar.
No es que no existiera jerarquía. Sí la había, y muy clara. Pero no estaba basada en el poder, sino en el cuidado. Y esto sigue presente hasta hoy. Cuando le preguntamos a Antônio qué es el liderazgo para el futuro, respondió sin dudar:
“El líder tiene que ser compañero. Tiene que ser humilde.
Tiene que pensar en el bien de todos, no solo en el de su propia familia.
El presente pasa rápido. El futuro no.”
Rômulo añadió otra capa a la reflexión. Habló de la importancia de renovar los liderazgos, de enseñar a las y los jóvenes a escuchar a los ancianos, de comprender que la sabiduría se acumula a lo largo de milenios y se transmite de generación en generación. Y que la juventud es precisamente el puente vivo entre el pasado y lo que aún podemos construir.
Edgar, de México, afirmó que el liderazgo solo existe cuando hay una participación real de todas las partes, incluidas las comunidades indígenas, que casi nunca son escuchadas en las decisiones que impactan sus vidas.
“Gobernanza sin escucha es un fracaso seguro”, dijo.
Adrián, del pueblo Kichwa–Kañari de Ecuador, recordó que el liderazgo también exige equilibrio: proteger siempre el bosque, pero sin ignorar a las familias que viven en él. Como agrónomo indígena y profesor en su comunidad, vive diariamente la contradicción de la expansión de la frontera agrícola, un “progreso” que avanza como necesidad económica, pero que amenaza los manantiales, los bosques y los ciclos vitales. Para él, la regeneración no significa negar el desarrollo, sino reorientarlo: la agroecología y la apicultura son caminos concretos para reconciliar sustento, territorio y futuro.
Y Orlando, en una intervención final que sintetizó todo, dijo:
“La gobernanza tiene que ser rígida y flexible al mismo tiempo. Tiene que respetar los acuerdos de la comunidad. Sin eso, no hay liderazgo.”
Este equilibrio entre firmeza y flexibilidad quizá sea una de las lecciones más profundas de todas. Pero ninguna frase fue tan contundente como la última de Antônio:
“Cuando escuchas, aprendes. Cuando hablas demasiado, te estorbas. El liderazgo tiene que ser amigo, tiene que ser compañero de la vida.”
Después de estas conversaciones, nació una certeza que nunca habíamos sentido con tanta fuerza. La crisis de liderazgo que vivimos no surge por falta de herramientas, ni de conocimiento, ni de tecnología. Surge por la falta de relación. Relación con la naturaleza, con la comunidad, con el tiempo, con lo vivo.
Los pueblos del bosque no han perdido el hilo. Siguen viviendo dentro de la vida, y no al margen de ella. Escucharlos no es un gesto de inclusión: es una cuestión de supervivencia.
Y este artículo es, ante todo, un agradecimiento: a Antônio, Elane, Rômulo, Orlando, Nilda, Edgar, Adrián y a todas las comunidades que formaron parte de estos círculos. Y también al bosque, por seguir permitiéndonos aprender, incluso después de todo lo que ya le hemos quitado.
Las respuestas que buscamos no están en el futuro. Ya existen. Están vivas, latiendo en cada territorio que aún recuerda cómo vivir en relación. Y tienen guardianes: los pueblos del bosque.
Es hora de escucharlos.
Your donation can have a positive impact on the world!
Subscribe to receive our Newsletter!
Find us also at Linkedin, Facebook, Twitter or Instagram
www.meli-bees.org
❤️
